-¿Cómo está Uruguay hoy?
-Los estudios a nivel de Latinoamérica (y también mundial) siguen demostrando que Uruguay es un país caro. Esto podría tener que ver, en parte, con que somos muy pocos habitantes, pero también esta estructura de costos se traduce a todos los niveles, y obviamente la educación no es la excepción. Lo bueno, a pesar de que sea un país caro, es la estabilidad y las garantías que se tienen en nuestro país. Se puede confiar en las instituciones. Entonces, el balance entre precio y calidad no sería tan negativo, por decirlo de algún modo.
En cuanto a la digitalización y al acceso a Internet, Uruguay se encuentra muy bien. Y, si bien existen las limitantes mencionadas anteriormente respecto al alto costo de vida, la conectividad en el país es muy buena. Y ahí es donde se produce algo interesante: esta conectividad nos permite estar en contacto justamente con el exterior, salir de Uruguay. Eso hace que la competencia se traduzca en precios un poco más adaptados al mercado internacional. Por ejemplo, en el caso de la educación, se puede observar que hay opciones, ya sea en planes de becas o en capacitaciones, que están volviéndose más accesibles, sobre todo producto de esta necesidad de competir con el exterior.
-¿Cómo ve a la industria publicitaria de su país y, en particular, a la industria creativa?
-Siempre que hay crisis, aparecen emprendimientos, por una necesidad obvia de las personas: reinventarse, subsistir. Estos emprendimientos se convierten en anunciantes, y por eso, en post-pandemia y no solo en Uruguay sino en todo el mundo, podemos ver una ola de emprendimientos nuevos y de anunciantes nuevos, especialmente en lo que son redes sociales. Este nuevo modelo de anunciante va generando su propio lenguaje, típico de redes, y también una creatividad que, si bien es totalmente válida, muchas veces copia los modelos existentes. Por ejemplo: “Hagamos lo que está en tendencia en tal red social”. Así, las marcas nuevas, los anunciantes nuevos, comunican tratando de replicar lo que ya se está haciendo. Eso difiere mucho de lo que sucedía antes, cuando las marcas eran construidas y pensadas desde sí mismas y en función del vínculo con sus públicos. En ese contexto, la comunicación publicitaria, y la industria publicitaria en general, tenía una creatividad mayor, más sólida, porque cada marca tenía su propia forma de comunicar. A diferencia de lo que pasa hoy, donde vemos miles de anunciantes haciendo lo mismo, siguiendo los mismos códigos de las redes.
Todo esto deriva en que tanto estudiantes como profesionales de la creatividad y la comunicación vayan adaptando su forma de trabajar, nivelándola a ese código predominante. Y, en ese proceso, se van perdiendo espacios de creatividad. Porque hoy, la forma de ser “creativo” muchas veces se reduce a simplemente hacer lo que ya se está haciendo. Por eso, particularmente en la escuela, nos llega mucha gente que quiere trabajar en distintas áreas creativas, partiendo del supuesto de lo que ven en redes o en la industria más cercana, por decirlo de algún modo.
En ese sentido, desde la escuela -con más de 40 cursos activos- mantenemos ciertos criterios y estándares profesionales que vienen de antes, que parten de la búsqueda del perfeccionamiento y de un desarrollo creativo auténtico. Trabajamos mucho en profundizar la labor creativa, para que nuestros estudiantes puedan diferenciarse del grueso de personas que hoy anuncian, y hacerlo con herramientas, conceptos y criterios profesionales. Ya sea en el desarrollo de marcas o en el abordaje técnico de cualquier disciplina artística.
-¿Cómo se mide el impacto de la educación creativa en la economía y la sociedad del país?
-Hay algo interesante que a veces se suele olvidar: la creatividad no es un fin en sí misma, sino un medio.
Históricamente, por ejemplo, la música ha buscado vehiculizar mensajes, muchas veces para generar cambios sociales. Y esto aplica también a la creatividad a nivel comercial, político o institucional en general: la creatividad siempre es una herramienta al servicio de un fin. Desde esta perspectiva, es importante entender -y Uruguay no es la excepción- que sí se impulsa la creatividad como parte de un engranaje mayor, vinculado a distintos objetivos estratégicos. En Uruguay contamos con varios instrumentos, tanto estatales como privados, así como también fundaciones, que promueven la producción creativa. Esto abarca desde el aprendizaje y la educación, hasta la inserción laboral, el desarrollo, la capacitación y el perfeccionamiento. Todo esto está además vinculado, como mencionábamos antes, al apoyo de los emprendimientos, al universo de las startups y al emprendedurismo en general. También se relaciona fuertemente con los esfuerzos por fomentar la inclusión y las oportunidades. En ese sentido, sí podemos decir que hay un apoyo real, y varios instrumentos concretos que favorecen la labor creativa, siempre en función de los beneficios que esta herramienta puede devolver a la sociedad.
-¿Qué balance hacen de Carne del año 2024 y de lo que va de 2025?
-Cuando se fundó la escuela, en el año 2012, teníamos una premisa muy clara: por un lado, que fuera la escuela a la que nos hubiera gustado ir. Y por otro, que Escuela Carne estuviera pensada para aprender, no para enseñar. Esto último puede parecer una diferencia sutil, pero es muy profunda. La mayoría de los centros educativos están diseñados para favorecer al docente: el espacio, la dinámica, la lógica institucional gira en torno a quien enseña. Mientras tanto, los estudiantes suelen ser una audiencia pasiva que observa, toma apuntes y responde. En cambio, en Escuela Carne es a la inversa. Los docentes comparten la misma mesa con los estudiantes. Trabajan junto a ellos, de forma práctica, como si todos fueran parte de un mismo equipo, en condiciones de igualdad. Por eso los espacios no son “salones de clase” tradicionales, sino espacios de trabajo diseñados para aprender, no para enseñar.
Con el tiempo, eso fue evolucionando siempre con una idea de comodidad bien entendida: que la persona que viene a aprender se sienta predispuesta, en condiciones reales de acceder al conocimiento. En esa línea, desde 2024 y a lo largo de 2025, trabajamos intensamente en desarrollar nuestras modalidades virtuales. Primero, por un tema de accesibilidad. Muchas personas no pueden trasladarse. Y aunque en su momento tuvimos sucursales en distintos países de América, el problema de acceso físico seguía replicándose. Además, en todas las ciudades el tránsito se vuelve cada vez más complejo, hay alertas meteorológicas frecuentes, paros o situaciones imprevistas. La presencialidad fue volviéndose cada vez más interrumpida. A eso se suma una sobrecarga de actividades que muchas personas ya viven como algo natural, pero no debería serlo, lo cual hace que muchas veces lleguen agotadas a clase, o simplemente no puedan llegar. La virtualidad, entonces, fue una respuesta. Primero, a través del sincronismo, es decir, con clases en vivo a través de plataformas. Pero hoy, en 2025 y con la mirada puesta en 2026, estamos profundizando mucho más en el desarrollo de lo asincrónico: clases y contenidos que pueden ser tomados en el momento que cada persona pueda, sin depender de horarios. Porque si ya es difícil llegar a una clase presencial, también puede serlo conectarse a una clase en vivo a una hora fija. Lo que buscamos es facilitar el mayor acceso posible, especialmente a personas de toda América. Y para no perder el componente práctico y profesional de nuestra propuesta, también estamos desarrollando alianzas locales en cada país, que permitan llevar adelante prácticas laborales o profesionales a quienes están cursando desde su ciudad. En definitiva, el principal cambio y evolución de la escuela ha sido ese: trabajar para favorecer el acceso real, desde cualquier lugar, a todas las personas.
-¿Cómo mantienen actualizado el plan de estudios para reflejar los cambios constantes en la publicidad, el marketing digital, la comunicación y las nuevas herramientas tecnológicas?
-Nuestros planes de estudio están actualizados de manera constante, porque los cursos que ofrecemos giran en torno al ámbito profesional. Y todos los cambios que se dan en ese universo profesional se traducen de forma inmediata en clase. Cada año, e incluso cada semestre, repasamos junto a cada docente los contenidos del programa, evaluando qué puntos se deben mantener, qué cambios hay que incorporar y qué innovaciones deben contemplarse. De esta manera, aseguramos que la formación que brindamos esté siempre alineada con la realidad del mercado y sus transformaciones.
Y en cuanto a las metodologías, también trabajamos en una revisión constante. Como mencionaba en el punto anterior, siempre contemplamos cuál es la mejor manera para que cada estudiante pueda participar activamente del curso. Eso implica adaptar ejercicios, prácticas y consignas, pensando en modalidades y formatos que sean lo más accesibles posible, para que todas las personas puedan tener la mejor experiencia de aprendizaje en la escuela.
-¿Qué metodologías de enseñanza utilizan para fomentar la creatividad y el pensamiento estratégico en los estudiantes?
-La metodología de enseñanza en Escuela CARNE es, básicamente, aprender haciendo. Creemos que la mejor forma de aprender es trabajando de igual a igual con profesionales. Ese fue siempre nuestro enfoque, y lo sigue siendo hasta hoy. Por otro lado, en cuanto a la inteligencia artificial, entendemos que es un proceso que se está incorporando en todos los niveles, tanto en el mundo profesional como en el académico. Por eso, está contemplada dentro de nuestros planes de estudio, y se aborda del mismo modo que se trabaja actualmente en la industria creativa: como una herramienta más, integrada al proceso.
La escuela Carne fue fundada en 2012 con la premisa de que fuera la escuela a la que les hubiera gustado ir y que estuviera pensada para aprender, no para enseñar.
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