Año 2001
El árbol
Ante la consternación de ver la hoja en blanco a la hora de escribir esta primer editorial del año y del milenio, jugaba con algunas líneas y, sin darme cuenta, se iba dibujando un árbol. Sus raíces, el tronco, las ramas, el follaje... Un árbol como sinónimo de vida, de plenitud. Y ante la imposibilidad, en este momento, de manifestar una opinión que no se haya expresado acerca de la creatividad y la comunicación llegaba a mi mente un concepto claro de lo que quería comunicar.
En nuestro primer número del año, del siglo, del milenio, quería recordar algo que, tal vez, por tenerlo en forma cotidiana no le damos el valor que merece. Más de una vez, hablamos y resaltamos la importancia de la buena creatividad, de los cambios de la publicidad y de la evolución de la comunicación. Pero, la creatividad, la publicidad y la comunicación no existen sin libertad y sin un contexto adecuado que las estimule.
Si las mentes no son libres de pensar lo que quieran, de arriesgarse y de crear conceptos novedosos y de vanguardia, la publicidad no tiene razón de ser.
El 24 de marzo de 2001 se cumplen 25 años del último y más sangriento golpe militar que haya sufrido la Argentina. Después de siete años de dictadura el saldo fue muy doloroso: treinta mil personas de la cuales no se supo nada más y millones de sueños, pensamientos e ideas que quedaron archivados en un cajón.
Este hecho puede resultar aislado para algunos y cercano para otros pero no demasiado ajeno para ningún latino que tenga algo de memoria y conciencia social. Porque dictaduras como estas se han repetido a lo largo de la historia en la mayoría de nuestros países, con distintos actores y escenografías pero con un denominador común: el dolor, la censura, la represión.
Dictadores, déspotas, tiranos, totalitarios, presidentes constitucionales que se abusaron de su poder, partidos políticos que se perpetuaron eternamente. Los ejemplos abundan, por desgracia, en toda la región.
Dicen que se aprende más del dolor que de la dicha. Es posible. En Iberoamérica tuvimos y tenemos mucho de qué aprender.
Hoy en la mayoría de nuestros territorios ya contamos con democracias consolidadas, en algunos lugares más que en otros, y con más libertad.
Estas democracias nos han permitido el renacimiento de las ideas y de la creatividad en nuestras culturas y también en nuestra publicidad. Ahora podemos pensar y expresar nuestras ideas sin miedo a los riesgos absurdos de épocas no tan lejanas, y esto se refleja con claridad en los éxitos y reconocimientos que la publicidad regional está teniendo en el mundo.
Hoy ya podemos generar ideas, comerciales y campañas brillantes. Pero aún falta un pilar importante para consolidar esta democracia y también nuestra industria publicitaria porque para poder tener una industria sólida, necesitamos contar con una democracia donde sus ciudadanos puedan realmente ser consumidores, con el poder adquisitivo necesario para adquirir los productos de nuestros anunciantes y a los cuales les sea importante que le hablemos desde su cultura.
Una industria publicitaria sin mercado ni consumidores, no puede sostenerse ni crecer realmente.
El camino todavía es largo y arduo. Ya tenemos la base para poder pensar y manifestarnos libremente. Parece simple y elemental, pero hubo un tiempo en que no se tenía y se sufría por ello. En memoria de aquellos momentos es que debemos reivindicar el valor de vivir en democracia.
Una democracia que nos permite movernos en un mercado que tendrá que cambiar las reglas del juego. Porque la libertad conseguida debe ayudar y servir para elevar la calidad de vida de su gente y mejorar la disponibilidad de recursos. Así tendremos consumidores a los cuales dirigirnos para llegarles con los productos de nuestros anunciantes.
Este, quizás, puede parecer un simple discurso de economía básica, pero hoy las opciones y la posibilidad de consumir libremente no están en manos de todos.
Sería bueno que las flexibilizaciones, las fusiones, las globalizaciones, y otros términos económicos tan de moda últimamente, fueran sinónimo de unidad entre los pueblos y no de división.
La globalización debería hacernos conocer lo mejor de cada una de las culturas del mundo y no simplemente hacer que los mensajes de distintas partes del planeta se parezcan. Uno de los desafíos se relaciona con la posibilidad de encontrar el camino para que cada país pueda colmar las expectativas de sus habitantes, porque el éxodo de talentos es una triste realidad de los latinos.
Las raíces de la democracia ya están prácticamente afirmadas en casi todos los países de Iberoamérica. El tronco y las ramas crecen y se están haciendo fuertes. Para que el follaje sea de un verde brillante, florezca y dé frutos, hay que trabajar y lograr que finalmente exista una verdadera democracia, con libertad de ideas y recursos, para generar un mercado amplio y constituir así una industria sólida . Y ojalá el árbol, entonces, crezca alto y nada lo derribe.