La opinión impopular: cuando no opinar también es una posición

foto nota
(07/01/26). Compartimos un columna de opinión de Oscar Solano, Vicepresidente CCO de Shift Latam Porter Novelli, en la que se expresa sobre la situación en Venezuela y la aparición de Nike en discusiones recientes sin activar una campaña, lo que llevó al autor a analizar el posicionamiento o impacto reputacional en un tema ajeno. Estos casos ilustran cómo las plataformas impulsan reacciones rápidas y lecturas simplificadas, donde no pronunciarse se interpreta como ausencia de posición.

Hay momentos en los que las redes no te preguntan qué pensás.

Te empujan a opinar.

No importa si entendés el contexto.

No importa si lo viviste.

No importa si te atraviesa de verdad.

La pantalla se llena de videos, titulares, clips editados para indignar o convencer, y de pronto pareciera que callar es sinónimo de complicidad.

Que no pronunciarse es lo mismo que estar del lado equivocado.

Y ahí aparece una pregunta incómoda, pero necesaria:

¿qué pasa cuando opinamos sobre cosas que no hemos vivido en carne propia?

El reflejo automático de opinar

Las redes sociales nos entrenaron para reaccionar.

Para comentar.

Para tomar posición rápido.

Un video en TikTok.

Un reel en Instagram.

Un carrusel con frases contundentes.

Y listo: ya creemos entenderlo todo.

La situación en Venezuela —como tantas otras situaciones complejas en el mundo— se convirtió, una vez más, en terreno fértil para eso. Para el análisis a distancia. Para el juicio inmediato. Para la certeza cómoda.

Videos que dicen que todo es blanco.

Otros que dicen que todo es negro.

Algunos que empujan a estar “en contra de ambos lados”.

Otros que te exigen tomar partido ya.

Y en medio de eso, personas que no somos venezolanas, que no crecimos ahí, que no cargamos ese peso histórico, opinando como si lo supiéramos.

No es lo mismo entender que sentir

Hay una diferencia enorme entre informarse y sentir.

Entre analizar y vivir.

Entre tener opinión y tener experiencia.

Podemos leer, ver documentales, escuchar testimonios, seguir medios, contrastar fuentes.

Todo eso es válido. Todo eso suma.

Pero no todo eso nos habilita automáticamente a hablar con autoridad emocional.

No sabemos lo que es crecer con miedo constante.

No sabemos lo que es normalizar la escasez.

No sabemos lo que es ver a tu familia irse, uno por uno.

No sabemos lo que es que el país se te vuelva una herida diaria.

Y aun así, opinamos.

La falsa obligación de tener postura

Hoy parece que todo exige postura.

Que todo requiere una frase clara, corta, compartible.

Si no hablás, te preguntan por qué.

Si dudás, te cuestionan.

Si decís “no sé”, te empujan.

Pero hay algo profundamente honesto —y poco valorado— en reconocer los límites propios.

Decir: esto me importa, pero no lo puedo sentir desde acá.

Decir: prefiero escuchar antes que opinar.

Decir: no todo necesita mi voz.

Esa, paradójicamente, es una postura fuerte.

No es blanco o negro (y está bien)

Una de las cosas más dañinas del ecosistema digital es su necesidad constante de simplificar.

De reducir realidades complejas a bandos claros.

Pero el mundo real no funciona así.

Hay situaciones donde no hay respuestas limpias.

Donde todas las opciones tienen costos.

Donde las víctimas no entran en un solo relato.

Donde el dolor no se puede editar en 30 segundos.

Aceptar eso no es relativizar.

Es respetar la complejidad.

Y respetar la complejidad, muchas veces, implica no emitir sentencia.

Cuando las marcas se vuelven excusa para opinar

Hay otro fenómeno interesante —y preocupante— que se cruza con todo esto:

la obsesión por leer cualquier acontecimiento a través de marcas, incluso cuando no hay una intención comercial detrás.

Lo vimos recientemente con Nike, que se volvió tendencia sin haber lanzado campaña, sin haber tomado postura pública clara, sin haber activado nada. Bastó con que apareciera —de forma tangencial— asociada a una situación compleja para que las redes hicieran lo suyo.

De pronto, Nike “ganaba”.

O “perdía”.

O “se beneficiaba”.

O “se oponía”.

Todo al mismo tiempo.

Y ahí aparece una lógica peligrosa: la necesidad de convertir cualquier marca en símbolo, en bando, en statement. Como si todo lo que ocurre en el mundo fuera, en el fondo, una jugada de mercadotecnia.

No lo es.

No todo lo que involucra una marca es estrategia.

No toda aparición es posicionamiento.

No todo contexto es una oportunidad creativa.

Pero vivimos en una época donde parece que necesitamos leerlo todo como si fuera branding.

Como si el mundo funcionara siempre bajo la lógica de campaña, impacto y beneficio reputacional.

El problema de mirar la realidad con lentes de marketing

Cuando hacemos eso, pasa algo grave:

reducimos realidades humanas complejas a marcos de consumo y percepción.

Una crisis deja de ser crisis y pasa a ser “caso”.

Un conflicto deja de ser dolor y pasa a ser “oportunidad de posicionamiento”.

Una marca deja de ser un actor secundario y pasa a ser protagonista involuntario.

Y entonces aparecen preguntas que dicen más de nosotros que de la marca:

·        ¿A quién le suma esto?

·        ¿A quién le resta?

·        ¿Qué tan bien capitalizó la conversación?

Preguntas legítimas en una sala de estrategia,

pero profundamente desubicadas cuando hablamos de contextos que no fueron diseñados para comunicar.

Nike no “ganó” ni “perdió”.

Simplemente existió en medio de una conversación que no controlaba.

Y aun así, la lectura automática fue mercadológica.

Cuando todo se vuelve contenido

Este impulso de convertir cualquier hecho en narrativa de marca no nace de las empresas, sino del ecosistema digital.

Las redes nos entrenaron para eso: para buscar significado rápido, para traducir lo complejo en símbolos conocidos,

para hacer digerible lo incómodo.

Y las marcas —especialmente las grandes— se vuelven atajos cognitivos.

Nos ayudan a entender algo sin tener que entrar en el fondo del asunto.

Pero ese atajo también empobrece la conversación.

Porque cuando todo se analiza como marketing, dejamos de hablar de personas, dejamos de hablar de contextos,

dejamos de hablar de consecuencias reales.

La tentación de opinar desde la industria

Esto nos interpela especialmente a quienes trabajamos en comunicación, estrategia y creatividad.

Tenemos el reflejo entrenado para analizar.

Para leer capas.

Para detectar símbolos.

Para anticipar impactos.

Y eso es valioso… hasta que se vuelve automático.

Porque no todo necesita análisis estratégico.

No todo necesita una lectura de marca.

No todo necesita nuestra opinión profesional.

A veces, insistir en ver branding donde no lo hay es otra forma de no saber callar.

El silencio como acto de respeto

Hay silencios incómodos.

Y hay silencios responsables.

No opinar no siempre es evadir.

A veces es no apropiarse de un dolor que no es propio.

A veces es entender que la conversación no necesita más ruido, sino más espacio para quienes sí la viven.

A veces es dejar de usar tragedias ajenas como insumo para construir identidad digital.

Porque seamos honestos: muchas opiniones no nacen del interés genuino, sino de la necesidad de posicionarse.

De mostrarse informado.

Correcto.

Moralmente alineado.

Y eso también merece revisarse.

No es la primera vez que pasa

Esto no es exclusivo de Venezuela.

Lo hemos visto con conflictos en otras regiones, con crisis humanitarias, con situaciones políticas lejanas a nuestra experiencia cotidiana.

Desde países donde ciertas libertades siguen existiendo, analizamos realidades donde esas libertades no son dadas.

Y lo hacemos con marcos mentales que no siempre aplican.

No porque seamos malas personas.

Sino porque no sabemos lo que no sabemos.

La opinión impopular

Decir que a veces la mejor opinión es no opinar es, hoy, una postura incómoda.

Implica nadar contra la lógica del engagement.

Contra la urgencia del algoritmo.

Contra la cultura del “decí algo”.

Pero quizás necesitamos normalizar más eso.

Normalizar el silencio consciente.

La escucha activa.

La duda honesta.

Normalizar decir: no tengo todas las herramientas para hablar de esto.

Prefiero amplificar voces que sí lo viven.

Prefiero acompañar sin convertirlo en contenido.

¿Qué sí podemos hacer?

Escuchar más que hablar.

Compartir fuentes serias sin editorializarlas.

Apoyar causas sin apropiarnos de ellas.

Cuidar cómo y por qué reaccionamos.

Y, sobre todo, preguntarnos antes de comentar: ¿esto lo digo para aportar… o para sentirme parte?

Sin conclusión cómoda

No todo necesita nuestra opinión.

No todo necesita nuestra voz.

No todo necesita una postura pública.

A veces, la posición más humana es reconocer que hay dolores que no nos pertenecen, pero que igual podemos respetar.

En un mundo donde el algoritmo premia el ruido, el silencio consciente puede ser un acto profundamente político.

Y quizás la verdadera pregunta no sea de qué lado estamos, sino desde qué lugar estamos hablando.

Agregar a Mi Latin

Compartir

 footer-face footer-face footer-insta footer-whatsapp footer-email footer-instagram

Notas relacionadas

Conoce más en LatinSpots.com

section-pink-register-band

Comerciales Más Vistos

LatinSpots Magazine

Acceda gratuitamente a las últimas ediciones de LatinSpots Magazines

Suscribite
magazines-subscribe

Conferencias EL OJO

Acceda a las conferencias de Latinspots

Ver paquetes
conferences-subscribe

Membresías

Acceda a nuestra membresía para obtener más beneficios

Ver Membresías
membership-subscribe