Contexto
El mundo atraviesa un momento de endurecimiento. Los discursos se tensan, las fronteras se vuelven más rígidas y la política internacional parece girar, una vez más, alrededor de la ley del más fuerte, del que tiene más poderío militar, bombas nucleares y tecnología para espiar, controlar o destruir más rápido, y para -a través de la amenaza, la imposición y la fuerza- generar terror, miedo y sometimiento a los que tienen miradas y caminos diferentes. Las recientes declaraciones de Donald Trump, posteriores a su invasión por primera vez a un país de Sudamérica, secuestrar a su presidente y asesinar a más de cien ciudadanos latinoamericanos—con advertencias directas hacia Colombia, México, Cuba, Groenlandia y Canadá, entre otros— no solo reavivan viejos fantasmas geopolíticos, sino que revelan algo más profundo: una forma de mirar al mundo donde el otro deja de ser humano, alguien con quien encontrarse, dialogar, discutir, compartir y construir un mundo para todos, y pasa a ser problema, un objeto o un obstáculo eliminable.
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